Querido A, te escribo esto, como tantas páginas del diario que te he dedicado desde el 2018-2019, cuando esos mensajes insistentes de una versión más joven tuya empezaban a calar en mí.
No lo hago con la intención de que me leás, sino porque tengo una necesidad natural de decir lo que siento y pienso. Es como si guardarme lo que siento me asfixiara. Por eso creo que nunca nací para ser amante.
En consecuencia, hay decenas de páginas de libretas que nunca llegarás a leer. Están ahí, guardadas en mi biblioteca, unas en un sitio o y otras en otro.
“¿Cómo me siento hoy?” es la pregunta con la que inician mis diarios desde que estaba en el colegio. Hoy me siento feliz, hoy me siento estúpida, hoy me siento agradecida, hoy no me quiero sentir (como el sábado, por ejemplo), hoy me siento frustrada, hoy me siento enamorada, hoy me siento fuerte, hoy me quiero morir, etc.
Están apilados también los libros que un A emocionado conmigo me dio durante algunos años, incluyendo el primero y el último, ambos del mismo autor. Poesía política me dijiste en ese primer café.
Esta semana he intentado juntarlos todos, pero hay algunos que no recuerdo. Todos tienen un sello con mi nombre y la fecha en la que me los diste, todos guardan una historia que, para mí, es la más relevante de mi vida amorosa; medio irónico parece.
A veces siento que los libros me ven con ojos curiosos, como queriendo saber cuál será su destino. ¿Te los devuelvo y cierro para siempre este capítulo de mi vida? Pero si te los devuelvo los vas a botar. ¿Estaré en paz sabiendo que, aunque simbólico, una parte de mi historia acabará en la basura? Pero si me los dejo ¿voy a poder seguir adelante? ¿Y si me hubiese ido a México y mi esposo ve un papelito que dice que otra persona estará enganchado a mí para siempre? Y si no me caso nunca y los boto ¿cómo le contaré a los hijos de mis sobrinos que una vez quise morirme de amor por un tipo 6 años mayor que yo?
No tengo idea, no sé la respuesta, le huyo de hecho.
Sé que puedo vivir sin vos, lo tengo claro. Sé que puedo amar a otra persona, darle a alguien más lo que nunca con vos: domingos de películas, viajes, decir el diminutivo de su nombre y escuchar el mío, idas al cine el 25 de diciembre como ritual, la libertad de ser amada en voz alta, de poder decir “te amo” sin camuflar, sabiendo que recibiré un “yo a vos” de vuelta, mi lado más cariñoso y divertido, etc.
Pero ese nunca fue el tema entre nosotros dos, sino la idea de que, incluso viviendo eso con otra persona, vos figurarías en mi mundo de algún modo.
He sido siempre tontamente honesta con vos, con lo que siento aunque eso me humille y retrate lo perdedora que soy, pero creo que nunca he sido sincera conmigo.
Nunca he dicho abiertamente que siempre me consideré una mujer para compartir la vida y no una aventura. Aceptar que me hayás olvidado me pone, según mis pensamientos, como una aventura, algo pasajero, una mujer del montón. Eso me duele.
Siempre me he visto demasiado estructurada con mis ideas, siempre el mismo camino a Grecia (hasta que me dijiste que te pasabas de casa, entonces aquel recorrido que hacía de toda la vida ya no tenía sentido, ya no era lo mismo pasar por ahí, ya no estabas vos), siempre la misma música, la misma forma de hacer las cosas, el mismo sabor de queque el 16 de julio, el mismo plato en el Tin Jo, la misma combinación en Subway; pero sentirme sobrada, aceptarme a mí misma como una aventura continuada, me descuadró todo lo que tenía como fijo.
Yo nunca quise conquistarte, yo te veía como un amigo y una persona a la que admiraba intelectualmente, yo no quería jamás ser vista como algo accesible, una aventura, una mujer destinada a ser efímera, olvidada, ordinaria.
Por eso me cuestiono mis decisiones, no porque me arrepienta de haber conocido a ese A; más bien porque me hicieron perderte del todo y me convirtieron en una persona sobrada. Indeseada, solo sobrada. Una aventura, un error, un nombre impronunciable.
Me duele. Ya no tengo a un amigo, tampoco a un cómplice, no tengo a un amor. No tengo nada de eso.
Olvidarme de vos es, en alguna medida, aceptar que no soy lo que creía que era ni siquiera para mí. No soy digna, no soy valiosa, no soy especial. Y en esto, amado mío, no he sido genuina conmigo. Nunca, ni siquiera en terapia, pude admitir esto. Me duele porque me obliga a verme como nunca quise verme.
Si pudiera devolver el tiempo, elegiría ser tu amiga en voz alta. Probablemente viviría enamorada de vos, pero eso nadie, ni siquiera vos, lo sabría. Sería una amiga con la que te llevas bien y que se alegra de tu vida en voz alta. Cualquier cosa menos estar lejos tuyo.
En fin. Son pensamientos que se me cuelan, pensamientos rumiantes que me exigen poder reconocerlos. La única persona en el mundo que tiene derecho de decir que soy una loca sos vos, porque sí que me volví loca de amor, de una devoción o adoración por vos. Vos, siempre vos. Podría jurar que te he amado con todo lo que he tenido para hacerlo, aunque eso no haya sido algo necesariamente positivo.
Uno no elige de quien se enamora ni elige qué cosas a uno lo hieren, diría Drexler.
No es malo, es solo lo que es.
ST aunque quisiera que ya no fuera así.
n
Pd. Siempre me pregunto si recordás cómo suena mi voz, porque yo busco la tuya en YouTube para no olvidarla jamás.
No hay comentarios:
Publicar un comentario